Últimamente me he visto envuelto en varios debates en los que se cuestionaba al pensamiento científico. Hablando acerca de pseudo-ciencias como la homeopatía, discutiendo sobre los supuestos perjuicios de los alimentos transgénicos o debatiendo las propiedades de las pulseras Power Balance, me ha sorprendido la cantidad de gente que aún alude a explicaciones carentes de rigor (cuando no místicas) para justificar mentiras y engaños.
En mi opinión, existen 3 factores que alimentan a este fenómeno. El primero de ellos son las profundas razones ideológicas que llevan a construir razonamientos ad hoc que las justifiquen. Al igual que un creyente convencido jamás aceptará la demostración científica de que un dogma de fe es falso, un anti-sistema tampoco reconocerá que la nueva variedad de judía transgénica lanzada por Monsanto pueda ser beneficiosa.
El segundo es la dificultad intrínseca que entraña entender la ciencia. Por un lado, este factor provoca un rechazo generalizado hacia el pensamiento crítico o, cuanto menos, la tendencia a pensar que la ciencia no puede ir más allá de lo que uno mismo es capaz de comprender. Por el otro, hace imposible el diálogo entre “el que sabe” y el que no.
Este segundo punto alimenta a su vez al tercero, al que me gusta llamar el nihilismo de garrafón. Tal y como predijo Nietzsche, la sociedad ha caído en una profunda crisis de valores. Sin embargo, la reivindicación del individuo que promueve el postfordismo ha elevado a las opiniones personales a la categoría de verdades universales. La sociedad actual envuelve en un cínico halo de tolerancia el respeto a las ideas de cada uno, con independencia de lo disparatadas que puedan llegar a ser. En este contexto, se le atribuye al pensamiento científico el mismo valor que al místico y viceversa.
El fenómeno no sería preocupante si se tratase únicamente de una cuestión de ignorancia a nivel individual. De hecho, la humanidad se encuentra en este sentido mejor que nunca a lo largo de su historia. Sin embargo, estamos entrando en una peligrosa espiral que podría tener consecuencias devastadoras.
Por un lado, se frena el desarrollo. Desde las reticencias a instalar antenas de telefonía móvil hasta prohibir el WiFi en las aulas. Desde rechazar las vacunas hasta no autorizar transgénicos que pudiesen paliar el hambre. Son múltiples los movimientos que tienen un gran impacto en asuntos tan serios como la educación, la salud o la pobreza. Juan Ignacio Pérez, doctor en biología y catedrático de fisiología, nos lo explica en la entrevista que ofreció a Punto Radio Bilbao:
El avance de la sinrazón, en Punto Radio Bilbao

Por el otro, se conceden a la mentira y al engaño un espacio para su desarrollo. El creacionismo impartido en las aulas estadounidenses y los fondos destinados en Gran Bretaña a la homeopatía son pruebas de ello. También es preocupante la inmunidad de la que gozan las estafas místicas gracias a las leyes antidifamación presentes en algunos países. En la siguiente cita, el médico y periodista Ben Goldacre expresa las posibles consecuencias de esta tendencia:
“You should be very careful. One day, writers – and more importantly doctors and academics – will stand up and say: okay. You want these laws. You won’t protect us. We won’t speak out. If we see flaws in a trial, we will keep quiet. If we see false claims, we will be silent. You will suffer. And people will die.”
